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Mi Camagüey está de fiesta. Esta Villa mágica que nació hoy 2 de febrero, pero de 1514, bajo la luz de la Virgen de la Candelaria, según el catolicismo nuestro, desafía los agresivos años, y por consiguiente, no se deja envejecer ante los ojos de transeúntes y extranjeros.

Es un placer inmenso para los pobladores de este  paraíso, y para cualquiera que se sienta patriota, el poder caminar por sus adoquinadas calles, contemplar el rostro servicial de su gente, y descubrir de forma sorpresiva en cualquier jardín un tinajón legendario, que con misteriosa presencia, evoca cientos de años.
Yo no sé si existan otras ciudades como esta, que tengan epitafios tan sorprendentes como el de Dolores Rondón del antiguo Cementerio General, o construcciones religiosas tan vistosas como el templo de Nuestra Señora de las Mercedes, o la majestuosa Catedral Metropolitana, declarada Basílica Menor por decreto pontificio del papa Francisco,  por citar algunas.
No lo puedo negar, soy un camagüeyano orgulloso de mi comarca. He crecido bajo la estirpe histórica de coterráneos como Ignacio Agramonte Loynaz, Lope Recio Loynaz, Salvador Cisneros Betancourt, y Joaquín de Agüero.
Puedo gritar a todos los vientos que mi terruño fue cuna del primer poema épico escrito en Cuba, Espejo de Paciencia, por Silvestre de Balboa, y que ha dado al mundo intelectuales de talla monumental como la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, escritores como Aurelia Castillo y Nicolás Guillén, y pintores como Fidelio Ponce de León.
Camagüey a sus 503 años de existencia sigue como siempre, con ese espíritu cautivador y hospitalario. Conserva en su corazón la dicha de ser la columna vertebral del constitucionalismo cubano, de haber sido declarada en el 2008 Patrimonio Cultural de la Humanidad, y sobre todo, el de no haber defraudado nunca a nuestro Fidel.

Por Jorge Enrique Fuentes Ruiz. Estudiante de Tercer año de Periodismo.

 

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