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Desde niño la conozco. La amo, si, y que bueno que la amo libre, independiente, soberana. Alto, bien alto, la he visto. Se pasea por el aire como una paloma, una paloma bella.

Me inspira poemas de amor, devoción infinita, dignidad, orgullo, pasión por lo identitario. Ha sido testigo del coraje de grandes hombres. Por ella la historia de Cuba se viste de gloria.

Resume en si misma toda la majestad de ser lo que es, eso, la insignia primera de toda una república. Sangre de los que cayeron por nuestra libertad, sudor de los que aseguran el porvenir, y entrega total de los que cultivan la virtud del amor patrio, constituyen sus principales elementos.

Hermosa y reluciente, primorosa y refulgente, así es mi bandera, mi bandera de la estrella solitaria. Representa a toda una Cuba, una Cuba que se siente viva en su imagen, en sus brillantes colores, en su estrella.

No permito yo, que mi bandera se incline ante algo no decoroso, que sea ultrajada, y menos, que sea rechazada por un cubano de esta tierra, ni por nadie.

El amor a la bandera representa el reconocimiento sincero al esfuerzo de miles y miles de patriotas que han abrazado los ideales de la libertad para esta isla encantadora, y por tanto, fortalece nuestra cultura nacional.

A mi juicio, comparo el amor a la patria con el amor a la madre de uno. Creo que no hay sentimiento más hermoso, ni gesto más noble, que el de brindar con solemne y entera pasión, un saludo desde adentro a nuestra enseña nacional.

Y desde mi corazón expreso: se alza mi bandera, se alza. Ondea eterna, ondea. Corona mi sueño, corona mi tierra. Cubanía, Cubanía es ella. Antillana, Antillana es ella. Patria, Patria es ella, si, Patria eterna.

Por Jorge Enrique Fuentes Ruiz. Estudiante de Tercer año de Periodismo.   
 

 

 

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