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Foto (Ivan Soca): Leo Brouwer. Maestro de la música y la cultura cubanas. Clic en la imagen para ampliar.

No imaginé que el Leo que todos llamaban “maestro” llevara, con tan calmada sencillez, el traje del virtuosismo. La mañana antes de conocerlo supe que el Festival Les Voix Humaines (que ya no se llama como el maestro) traerá, en edición única que durará casi un mes, más de 30 conciertos, 350 músicos y artistas de 16 países, y 25 estrenos nacionales e internacionales, que abarcarán variadas tendencias, estéticas y géneros musicales.

Pero no pedí insistentemente para hacer unas cuantas preguntas sobre las voces humanas, sino para escuchar a Juan Leovigildo Brouwer Mesquida. Después de entrevistarlo sabré que lo mejor de la música universal no quedó en Mozart, Beethoven o Stravinsky. Habré visto ya que sus manos acomodan los espejuelos, cada vez que reitera que la desinformación pone en peligro la cultura.

Aunque ha sido más aplaudido fuera que dentro de Cuba, tras 50 minutos conversando con este genial guitarrista tendré claro que no le importa la fama y que desconfía de las cosas bonitas. Entonces, ya estaré enterada de que cuenta demasiados (inacabables) amigos repartidos por todo el mundo y que no pocos de ellos viajan a La Habana desde 2009 para los espectáculos culturales que organiza. En una, dos, tres ocasiones… habré escuchado que tan bueno es programando como dirigiendo y componiendo.

La cita (o mejor, la clase) será al día siguiente. De su apretada agenda aprovecharé un ratico. Me sentaré frente a Leo Brouwer en una oficina y acabaré por aprender al pie de la letra qué hay de deslumbrante en lo peculiar.

Durante seis ediciones del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara y, por única vez, con Les Voix Humaines, defiende como premisa un maridaje de músicas inteligentes. ¿Por qué?

-Siempre he estado reflexionando sobre el entorno, basado en un principio inolvidable del filósofo español Ortega y Gasset, que dijo: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Es algo apoteósico que leí de niño y nunca olvidé. El entorno nuestro se ha ido deteriorando sonoramente y, manipulado por los medios, ha llegado a ser un (en criollo) batiburrillo, es decir, una repetición exhaustiva de lugares comunes y, en un gran porcentaje, de lo que llamo banalidad. La banalidad existe pero, como dolorosamente la mente del hombre es manejada por la información, se puede convertir una cosa barata, pueril o kitsch (que es casi el 90 por ciento de lo que estamos oyendo), en algo rutinario y agradable. Yo prefiero la hermosura a lo que denominamos “bonito”. Un hipopótamo es hermoso, como puede serlo también una gacela. En mi opinión, programar es un arte, no solo componer, no solo realizar o interpretar. En mis programaciones como músico siempre he tratado de dar todo tipo de información, empezando por la tarjeta de presentación (que puede ser de una de las grandes obras o de las más comunes, con óptima calidad, hasta pasar a cosas que nunca se han oído jamás). Una vez que uno gana la confianza del público, puede darle toda la información del mundo. Así hacemos un festival de músicas que no se conocen, que no se tocan o que no se divulgan suficientemente, porque son difíciles y exigen una cultura de información a nivel mundial.

¿Sigue siendo imitativa la música cubana? ¿Por qué?

-Sí lo es. Las formas de la cultura popular en nuestros países, por falta de formación técnica, se han convertido en reiteraciones o repeticiones de fórmulas. Es cierto que esas formas han adquirido a través del tiempo un folklore renovado y actualizado, convertido en música popular y reconvertido en clichés comerciales por los medios y por los transgresores (en el peor sentido de la palabra), que son managers, disqueras, medios de divulgación programadores de teatros y de televisión. Todos son mediadores que manipulan al público con un material llamado “comercial”.

Pero no pedí insistentemente para hacer unas cuantas preguntas sobre las voces humanas, sino para escuchar a Juan Leovigildo Brouwer Mesquida. Después de entrevistarlo sabré que lo mejor de la música universal no quedó en Mozart, Beethoven o Stravinsky. Habré visto ya que sus manos acomodan los espejuelos, cada vez que reitera que la desinformación pone en peligro la cultura.

¿Qué responsabilidad tiene la música con la época que vive?

-Hubo un momento en que yo pensé que la música debía tener cierta militancia política y aprendí que si el mensaje político se hace de una forma redundante es de mal gusto y estéril. El mensaje político, si es que lo va a haber en una música, tiene que estar envuelto en papel de seda, como hacían Brecht, Hanns Eisler, Paul Dessau y Kurt Weill, que te hacían una canción al comunismo, pero en tiempo de blues. Así te están dando el mensaje con una calidad excepcional. Sin embargo, eso es innecesario en el siglo XXI, porque ya el arte no está al servicio, por ejemplo, de la Iglesia, del poder político. El papel de la cultura en cuanto a la militancia política se centra en saber que, mientras más abstracto es el producto, más lejano está de encasillarse como producto mediático. Porque estamos hablando de productos, no de obras. Cuando usted violenta una obra para otra función que no sea la inteligente y lúdica, paralelamente está perdiendo porque hace concesiones. Este es el tiempo de la información rápida y de buscar que la manipulación sea la menor posible.

¿Cómo se puede mejorar la música en Cuba?

-Hay cosas muy simples y difíciles de explicar. Lo único que falta es cultura. ¿Qué significa la cultura? Primero, cultura no es erudición, es conocimiento, es integrar en tu cerebro pensante (todos son importantes: hay uno lúdico, uno que se divierte, uno que aprende y uno que destila o saca ideas) todas esas vivencias, informaciones, magias apresadas por los sentidos. Y va, como dije una vez, desde la manera en que tomamos un café o hacemos un piropo para un animalito hermoso o para una mujer bella, hasta la forma en que reflexionamos qué se rechaza (lamentablemente hay que rechazar cosas porque el cúmulo de información sería demencial). No hay información en Cuba. En mi barrio (que es un barrio duro) yo hice una encuesta cuando iba a venir un amigo que se llama Bobby McFerrin (que finalmente no pudo hacerlo). De 25 personas a las que pregunté, 23 no sabían quién era Bobby McFerrin. De los otros dos, uno dijo: “Creo que he oído de él, ese es uno que canta raro, de varias maneras”, y el otro solo había escuchado alguna vez que el tipo era “un bárbaro”. Con esos niveles de información cero, no puedes hacer cultura alta, ya sea cultura erudita, popular, culta, filosófica o ideológica. Cuando nuestros músicos tengan una mejor cultura, de todo, toda nuestra música va a ser mejor. No es aprenderse mil o mil 500 partituras como hice yo, no hace falta. Falta tener un oído atento y un sentido de la discriminación estética después de la información. Si en un barrio no se sabe quién es Bobby McFerrin, entonces estamos muy mal en música popular. Ahora al Festival viene Andreas Scholl, el más grande contratenor que tiene Europa, y pocos saben quién es. Y llega con Karamazov, un excelente laudista, no solo uno de los mejores realizadores de la música preclásica del renacimiento y el barroco, sino que ha acompañado al roquero Sting, que también es un musicazo, como lo son Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. La cultura no está vedada para los hombres de lo popular. Tú te puedes meter tres palos de ron en la esquina y decir cuatro palabras jugando dominó, y sigues siendo un hombre culto e inteligente, y eso se debe a que eres alguien informado. Esas cosas se ignoran porque exigen que se engloben las circunstancias que hay dentro de uno mismo.

Tomado de Cuba Contemporánea

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